EL ARTE NO PUEDE SER NEUTRAL

GRANDEZA Y MISERIAS DEL ROCK  AND ROLL  (1ª PARTE)

En 1951, en la localidad de Cleveland (Ohio), el disc jockey Alan Freed (1921 – 1965) estrenaba un programa musical, titulado Moondog’s Rock’n’Roll Party, a ritmo de blues y música country, lo que le aseguraba una audiencia en la que se mezclaron con idéntica fidelidad, las comunidades negras y blancas del estado.

UN ROCKERO TAN FASCISTA, CURSI E INSOPORTABLE COMO BENEDICTO XVI

UN ROCKERO TAN FASCISTA, CURSI E INSOPORTABLE COMO BENEDICTO XVI

Freed, familiarizado con la música de décadas anteriores, tuvo la genial idea de utilizar esos dos verbos, habitualmente unidos en el argot popular (que vienen a ser un eufemístico equivalente de nuestro radical palabro follar)* para describir la música que salió al aire en la estación de WJW (850 AM), aunque su uso también se le acredita a la tienda de discos de Leo Mintz, patrocinador del espacio, quien animó a los directivos de la emisora a realizar programas de esa clase, necesarios para mitigar, en parte, el daño moral que la II Guerra Mundial había causado en el ánimo de los jóvenes.

Sobre la base de su éxito en Cleveland, Alan fue contratado poco tiempo después por la estación neoyorquina WINS.

Tres años más tarde, en 1954, el programa era simultáneamente retransmitido por más de cuarenta emisoras.

Sin embargo, los términos rock and roll (como la historia de la música popular no puede negar), habían figurado con anterioridad en decenas de canciones, aunque nadie puede hurtar al mentado Freed el padrinazgo radiofónico de tal apelativo.

El rock and roll nació pues con fórceps (ya hablaremos en otros artículos de sus decenas de derivados), pero el éxito popular le ha acompañado durante más de medio siglo, gracias a la astucia y oportunismo de aquel profesional de la radio, que se convirtiera además en la primera víctima voluntaria de la payola*, como se conoce la estrategia de los sellos discográficos para comprar la opinión de un locutor por un puñado de dólares (fue condenado en 1962), y poco más tarde de la drogola, una misma forma de corrupción, pero abonada en especie, con toda clase de sustancias, alucinógenos, hierbas y otros productos usados en farmacia, como la cocaína, la belladona y el opio.

Sin ir más lejos, la Cadena SER (hoy propiedad de Prisa), en su espacio Los 40 Principales, viene realizando una labor similar desde hace decenios, como cliente, vendiendo a los sellos discográficos sus tiempos de emisión (publicidad encubierta), dotándose en los años 80 de su propia editorial (que percibe derechos de autor de las canciones que emite), mientras sus disc-jockeys se limitan a alabar las virtudes de un supuesto número 1, que nunca corresponde a tal guarismo, según las cifras de ventas, pero sí sonando decenas de veces al día, manipulando a una audiencia adolescente, en base a repetir un mismo tema*.

Alan Freed era dueño de un estilo sobrio, agudo en los comentarios, aunque no tuviera ni pajolera idea de la estructura rítmica del rock and roll, definida magistralmente como una perfecta simbiosis entre el boogie boogie y el rhythm and blues, por un pianista y cantante tan lúcido y vistoso como Little Richard, quien se definía a sí mismo como The Queen of R&R ( La Reina del R&R), aunque su nombre de pila fuera Richard Penniman, erigiéndose en uno de los primeros músicos a los que no importaba mostrar de manera abierta su condición sexual (Black, Gay and Beautiful).

Nacido en los barrios marginales de Macon (Georgia), una de las metrópolis más racistas del sur de los Estados Unidos de Norteamérica, la sociedad blanca se decidió a anularlo mediáticamente, como a tantos otros, hasta años después de que apareciese en televisión un joven aniñado, de raza blanca, llamado Elvis Aaron Presley, a quien abrió la puerta un regordete guitarrista blanco llamado Bill Haley (1925 – 1981), acompañado en su época por un combo llamado The Comets.*

Todo ello, acontecía a mitad de la década de los 50, pero como señalé anteriormente, el rock & roll ya había sido lanzado oficiosamente años antes por Big Joe Turner (1911 – 1985), uno de sus precursores más notorios, autor de temas que no se programaban en las emisoras de radio, vetadas en su mayor parte a la comunidad negra hasta bien entrado el decenio siguiente.

Turner, de quien Doc Pomus* (1925 – 1991) dijo “Sin él, el rock and roll jamás habría existido”, legó a la posteridad canciones como Roll ‘ Em, Pet o Cherry Red (1939), además del archiconocido Shake, Rattle and Roll (1954), al lado de Rosetta Tharpe (1915 – 1973), una espléndida vocalista de góspel que obtuvo cierto éxito en 1938 con canciones como la singular Rock Me, sin olvidar a su compatriota y colega Erline Harris (1914 – 2004) a quien apodaban Erline Rock and Roll Harris, autora del tema titulado Rock and Roll Blues (1949).

Otros registros importantes de la década de 1940 y principios de 1950, previos a la explosión manipulada del rock and roll blanqueado, fueron los compuestos por autores negros como Bob Robinson con Rock and rolling (1939), Roy Brown y su Good Rockin’ Tonight (1947),  Amos Milburn con Chicken Shack Boogie (1947), Jimmy  Preston y su Rock the Joint (1947) o el maravilloso pianista Fats Domino con The Fat Man (1949)

Cuando los cantantes blancos, encabezados por aquel estúpidamente sacralizado muchacho de Tupelo, de acariciante voz y estilo teatral, dulcificaron el mensaje primigenio de la comunidad negra (ocultando el meneo de caderas, que jamás se consintió en la pequeña pantalla hasta la llegada de Presley), el rock pasó un ser un objeto de consumo de la burguesía media, de la nobleza europea, hasta llegar a la actualidad, en la que los primeros clientes en obtener entradas para un concierto de los Rolling Stones o Bruce Springsteen, son príncipes, infantas, duques y otros miembros de la inutilidad social.

Cuando ello acontece, una de dos: o la realeza ha abandonado el vals, aburguesándose a la baja,  o el rock ha perdido su mensaje primigenio antibelicista, de ruptura, crítica social y abierta voluptuosidad.

La siguiente generación a Elvis surgió teñida con el espíritu del Mayo parisino, enfrentando a la industria y al colectivo artístico, en una etapa en la que convivieron los hijos de la revuelta del sesenta y ocho (una nueva casta intelectual, adinerada y hedonista) hermanada con un enorme colectivo que asumía el compromiso político y social, defendiendo la generosidad, la solidaridad y protesta contra las agresiones e invasiones de la democracia del primer mundo.

Un tiempo inolvidable, que llenaba espacios, escenarios y pantallas, con cantantes, grupos y conciertos contestatarios (Woodstock, Monterrey o en de la Isla de Wight), que la poderosa maquinaria norteamericana aplicando la ecuación censura-escándalo-control-edulcoración-relanzamiento, demostraba una vez más que a la hora de explotar una nueva corriente artística, radical y heterodoxa, es posible maquillarla a conveniencia, fabricando un nuevo producto que no pudiera ser considerado peligroso para los empresarios, políticos y fuerzas armadas.

La revuelta que provocó la invasión yanqui en Vietnam, fue una Revolución en toda regla, frente a la tibieza, indolencia y desinterés colectivo ante las matanzas y genocidios cometidos por el ejército USA entre 1980 y 2011 en otras áreas geográficas (particularmente Irak y Afganistán).

Quienes de forma valiente y rotunda mostraron su protesta más firme, criticando al régimen de los Ford, Reagan, Clinton y Bush (padre e hijo), como fue el caso de Neil Young, Susan Sarandon, Tim Robbins, Oliver Stone, Pink, Dixie Chicks, Steve Van Zandt o Sean Penn, se arriesgaron a perder fama y fortuna, pasando a formar parte de una lista negra, hoy blanqueada en parte por el indeciso Obama.

Ninguno de los señalados son precisamente jóvenes (excepto Pink y las Dixie), quedando claro el desinterés de las jóvenes generaciones americanas por los crímenes que cometen sus gobiernos en el exterior.

La estrategia de las compañías de discos, en este siglo XXI, lleva a sus ejecutivos a preocuparse más por el copyright y las descargas ilegales, que por contratar estrellas comprometidas con el pacifismo y un mundo mejor.

El rock and roll se convirtió en otro de los robos cometidos contra la comunidad negra, como también es intolerable el silencio europeo ante los crímenes racistas del aún activo Ku-Klux-Klan, o  la pervivencia de la discriminación racial en universidades, colegios y autocares, en desastres naturales (solo hay que ver los videos que muestran las recientes inundaciones en New Orleans), que la espléndida maquinaria empresarial de publicidad y marketing yanquis han mitigado en parte, primero merced a los nombramientos de Colin Powell como Secretario de Estado del gobierno de George W.Bush, sustituido en 2004 por Condolezza Rice (ambos miembros de la comunidad negra), y recientemente en el Partido Demócrata, que por vez primera en la historia de EEUU, permitiendo el nombramiento de Barak Obama como candidato a la presidencia.

Ello no borra la miseria moral, la injusticia y el racismo que cayeron sobre los auténticos representantes del rock and roll.

Genios como Muddy Waters, Chuck Berry, Larry Williams, Bo Diddley o los ya nombrados Fats Domino y Little Richard, fueran ocultados por la poderosa televisión de los cincuenta, mientras productores y cazatalentos se lanzaban a las calles  para dar con un hombre blanco que sustituyera a esos negros y sus eróticos ritmos.

El gobierno de Eisenhower, como en de Nixon, impartió las órdenes oportunas: Si la juventud norteamericana debía presenciar un espectáculo musical, que despertara unos irrefrenables deseos sexuales, al menos, que fuera gracias a un macho blanco, se llame Jerry Lee Lewis (por otro lado, genial como pocos), Elvis Presley, Eddie Cochran, Gene Vincent, o los insoportables Pat Boone y Frankie Avalon. Y que yo sepa, esa deuda inmensa no ha sido hasta hoy satisfecha.

Notas

1.- Términos que se utilizan con frecuencia juntos (empujar y girar) para describir el movimiento del cuerpo en contacto sexual.

En 1934 fue utilizado por las Boswell Sisters en su canción “Rock and Roll”, que aparece en las película Transatlántic Merry-Go-Round (dirigida por Benjamin Stoloff en ese mismo año), nunca estrenada en España.

2.- La técnica de la Payola está vigente en España dentro del periodismo escrito, radiofónico y televisivo, aunque quienes paguen hoy a comunicadores, intelectuales y artistas, por su silencio o apoyo, sean fundamentalmente figuras de la política.

La sociedad tildó a esos profesionales con diversos apelativos: Los del Pesebre (en tiempos de Felipe González), Los de la Zeja (aludiendo al presidente Zapatero), y Los del Percebe (que apoyan al líder neo franquista Mariano Rajoy).

3.- Si una canción de una estrella musical suena periódicamente en una cadena potente como la mentada, parte de los derechos que corresponden al autor/es pasan a ser propiedad de la misma entidad, que habría firmado un contrato con la editorial del creador, por el que se le retiene, en ocasiones, hasta el 75% del monto que posteriormente llegará a las arcas de la SGAE.

Tras los pagos y deducciones correspondientes, un autor pierde ese porcentaje del dinero que debería percibir, si no estuviera obligado por su compañía de discos, a firmar acuerdos que lo permiten.

Y en caso de no aceptar, el artista se queda sin contrato hasta que encuentre otro sello discográfico, que probablemente no podrá hacer una gran promoción de su estrella, por las presiones ejercidas desde ese entramado que forman Editoras – Emisoras.

4.- Es notorio que Alan Freed firmó en su época varios de los éxitos de Chuck Berry, como pago para que este pudiera actuar en la televisión. Muerto el vivo, los tribunales reintegraron a su autor la propiedad intelectual de esas canciones, pero no así el dinero que el presentador le había hurtado.

5.- Cuando Alan Freed debutó en la televisión, tuvo que aceptar la prohibición de uno de sus espacios, en los que Frankye Lymon, de raza negra, aparecía bailando con una muchacha blanca.

6.- Nacido en Brooklyn (Nueva York) Doc Pomus (su nombre real era Jerome Solon Felder) renunció a cantar para dedicarse a la composición.

Colaboró con el pianista Mort Shuman, con quien escribió decenas de obras millonarias en beneficios, cientos de temas de éxito perdurable, como: Teenager in Love, Save The Last Dance For Me, Hushabye, This Magic Moment, Turn Me Loose, Sweets for My Sweet, Can’t Get Used To Losing You, Little Sister, Suspicion, Surrender, Viva Las Vegas y His Latest Flame (Marie’s The Name), que grabarían sendas estrellas del pop y el rock, desde Elvis Presley a Ray Charles, pasando por Dion DeMucci, Andy Williams, Bobby Rydell, Twiggy, Brook Benton, The McCoys, Alexis Korner, Bobby Charles, Bobby Darin, Fabian, Dusty Springfield, Connie Francis, Brenda Lee, The Lovelites, LaVern Baker, Major Lance, Manfred Mann, Amen Corner, y llegando a The Byrds, Big Joe Turner, The Beach Boys, The Mystics, Ben E. King, Cissy Houston, The Flamingos, Ike y Tina Turner, The Coasters y The Drifters.

(CONTINUARÁ)