Cambios en la situación política en Brasil con la destitución forzada de la presidenta Dilma Rousseff y en Argentina por el apretado triunfo electoral de Mauricio Macri, angustia a quienes tienen un pensamiento apocalíptico del destino inmediato de América Latina.

LA OFENSIVA CONTRA LOS GOBIERNOS PROGRESISTAS EN AMÉRICA LATINA NO DEBE MAGNIFICARSE HASTA EL PUNTO DE PERDER LAS ESPERANZAS DE RETOMAR EL RUMBO Y RECTIFICAR ERRORES

LA OFENSIVA CONTRA LOS GOBIERNOS PROGRESISTAS EN AMÉRICA LATINA NO DEBE MAGNIFICARSE HASTA EL PUNTO DE PERDER LAS ESPERANZAS DE RETOMAR EL RUMBO Y RECTIFICAR ERRORES

Por tratarse de países de un gran peso específico político y económico en la región, hay una tendencia negativa a relacionar la destitución de Dilma y el ascenso de Macri, con un cierre del ciclo progresista iniciado con la revolución bolivariana del presidente Hugo Chávez y continuado en Brasil con la victoria electoral de un obrero metalúrgico, Luiz Inacio Lula da Silva, el 1 de enero de 2003.

Hay, incluso, quienes aseguran que América Latina está ante una inflexión irreversible en el corto plazo, donde las derechas conservadoras imponen su agenda y el panorama regional aparece claramente dominado por la alianza entre el capital financiero, Estados Unidos y las derechas locales, que muestran un dinamismo difícil de limitar a corto plazo.

Que el momento que vive una parte de Sudamérica es dramático y la alianza de las derechas nativas y de Estados Unidos es una realidad insoslayable, no crea dudas en nadie, pero sí es cuestionable generalizar que se trata de una inflexión irreversible a corto plazo, cuando en países como Venezuela, Bolivia y Ecuador la situación es otra y la batalla para que no se repita lo sucedido en Brasil es dura y sostenida.

Tampoco puede concedérsele a la derecha un triunfo absoluto -como proclama la prensa subordinada al capital- el haber llevado a la Casa Rosada a Macri por una ínfima mayoría y defenestrado a Dilma con el apoyo de senadores probadamente corruptos, sobre todo porque ya se aprecia en uno y otro país una reacción popular cuyas consecuencias nadie puede predecir.

Hay una verdad como un templo en el caso de Brasil y es que la derecha nativa y extranjera ha tenido que recurrir de nuevo al golpe de Estado, para bloquear e impedir el avance de gobiernos progresistas como los de Lula y Dilma, lo cual significa que por las vías democráticas e institucionales no la habrían derrocado. Eso es importante.

Golpe parlamentario en Brasil y capitalismo desbocado en Argentina, son de los peores recursos para restablecer sistemas políticos obsoletos, fundados en la economía de mercado, para potenciar una doctrina neoliberal dentro de una globalización, que está dejando de ser un dogma de fe del sistema que la creó.

La otra gran verdad es que retomar los modelos neoliberales, fracasados en los años 1990 en Argentina y en Brasil, equivale a admitir que no hay nada nuevo que ofrecer a la gente, más allá de volver a la recesión profunda y prolongada, con ajustes sociales dictados de nuevo por el FMI y de exclusión social, con gobiernos autoritarios, aunque sean civiles, siempre en crisis y enfrentados en las calles y reprimiendo a los sectores populares.

La razón de esa previsible situación -que ya es una realidad progresiva en Argentina y comienza en Brasil contra las medidas laborales anunciadas por Michel Temer- es que ni los gobiernos de ambos países, ni Estados Unidos, tienen nada que ofrecerles a argentinos y brasileños.

Los Tratados de Libre Comercio o TLC son un fracaso y han hundido a economías antes solventes como la de México, por eso son rechazados en todo el continente y hacia ese chasco se encamina la Alianza del Pacífico que no ha logrado despegar.

¿Cuál es la verdad? Que Estados Unidos ya agotó todas sus propuestas alternativas y le es muy difícil salirse del esquema globalizador que hace polvo las economías de sus aliados, incluida Europa, porque sus intereses son el cordón umbilical del capital especulativo mundial, representado por el FMI y el Banco Mundial.

En cambio, los gobiernos progresistas de Dilma y Lula en Brasil y de los Kirchner en Argentina, a pesar de errores que se les señalan como el pobre trabajo ideológico frente al consumismo deformador, formaban parte de la nueva geopolítica del mundo, basada en el desarrollo productivo y las relaciones Sur-Sur que permitieron y estimularon el Banco de Desarrollo de los Brics.

Esa nueva geopolítica -que no ha sido derrotada a pesar del traspié en Argentina, los golpes blandos en Brasil, Paraguay y Honduras, y la feroz campaña contra Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador- está dirigida hacia una economía productiva y no especulativa, de liberación de la deuda pública.

¿Hacia dónde, entonces, va América Latina? Una buena dirección es la recomendada hace unos días por el teólogo, escritor y militante social brasileño Leonardo Boff, cuando al analizar el golpe en Brasil decía:

Una nueva dinámica política de retrocesos sociales se impone en Brasil y en otros países latinoamericanos en los últimos meses. Se trata de una ofensiva neoliberal en el marco de una nueva ‘guerra fría’.

Y agregaba:

“Estoy convencido, más que nunca, que debemos reinventar una forma nueva de habitar la Casa Común, tal como lo menciona el Papa Francisco en su Encíclica Laudato si.”

Decía el historiador Eric Hobsbawm en su obra “La era de los extremos”: “O cambiamos o morimos”.

Estoy convencido que al paradigma del poder como dominación – que es el eje del mundo moderno desde los últimos siglos- hay que oponerle el cuidado esencial y la responsabilidad colectiva por el futuro común de la Tierra y de la humanidad.LOGO PL

lam/lma