Marginalmente a que el premio Nobel, en todas sus materias, me importe tres pimientos, el de literatura, concedido esta vez a Robert Zimmerman, alias Bob Dylan, en detrimento de un poeta más exquisito y merecedor, como Leonard Cohen, me ha parecido tan oportunista como inoportuno y desmesurado.

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ADMIRO LA OBRA DE AMBOS, PERO SIN TEMOR A DEBATES O DISCUSIONES QUE EL PREMIO NO MERECE, CREO QUE LEONARD ES MÁS POETA Y CANTANTE QUE DYLAN, PERO MENOS INNOVADOR COMO MÚSICO Y GUITARRISTA

Si ha habido en la historia de los cantautores uno que en verdad se hiciera merecedor de un galardón mundial por su obra, no hay duda de que el elegido, en mi modesta opinión, hubiera sido el francés Georges Brassens.

SI HAY QUE PREMIAR A UN POETA, MÚSICO Y CANTANTE, HAY QUE HABLAR DE GEORGES BRASSENS, EL MÁS COMPLETO DE LA HISTORIA DE LA MÚSICA POPULAR

SI HAY QUE PREMIAR A UN POETA, MÚSICO Y CANTANTE, HAY QUE HABLAR DE GEORGES BRASSENS, EL MÁS COMPLETO DE LA HISTORIA DE LA MÚSICA POPULAR

Al genio de Sête, cuyos restos descansan en el cementerio de Le Py, conocido por “el de los pobres”, le bastó el Gran Premio de Poesía de la Academia Francesa.

El Nobel, desde hace años, apesta a pucherazo. Es ya una suerte de Premio Planeta (que, por cierto, se entrega mañana, día 15) con ribetes de mercadotecnia globalizada y un miligramo de “compromiso estético” que, para colmo, acompañan con un razonamiento con hedor a redicho.

Pero disculpen estos rodeos periodísticos y volvamos a mi admirado, pero no venerado, Dylan.

Tengo tantos discos del autor de “Like a Rolling Stone” como para llenar un baúl, pero cuando ayer por la mañana leía la noticia del premio Nobel, tuve que empaparme el gañote con un whisky sin rocas.

Sabido es que los/as miembros/as de la Academia sueca, que entregan un cheque de casi 1 millón de euros junto al galardón, vienen cultivando una astuta y rastrera estrategia “comercial” casi navideña, adobada bajo una hoja de derechismo punzante como las hojas de muérdago.

Ya imagino reunidos, en torno a belenes repletos de ovejas y árboles de plástico cargados de bolas,  a miles de abuelos hippies cantando “Blowin’ in The Wind” juntos a sus hijos heavies y sus nietos postmodernos.

En 2015, el Nobel y su pasta gansa fueron a parar a manos de Svetlana Aleksiévich, una perrodista bielorrusa, anticomunista y enemiga acérrima del presidente Alexander Lukashenko, autora de crónicas y novelas tan dramáticas, densas y originales como las letras de las canciones de Georgie Dann.

Naturalmente, los/as sesudos/as componentes del grupo sueco saben asear sus lamentables decisiones con alguna “salida de tono” (lo que confirma la regla), como premiar a Jean Paul Sartre (que se negó a recoger dinero y diploma) o años más tarde a Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Darío Fo, por poner cuatro ejemplos de autores rotundos, indiscutibles y connotados antifascistas.

Pero lo más chusco de esa caterva sueca formada por 18 pajilleros/as mentales y pelotilleros/as cum laude, se explica sin necesidad de comentarios.

Reconozco que tuve algún espasmo de rabia cuando premiaron a incalificables autores de subproductos literarios, como los publicados por la mentada bielorrusa, el ruso Alexander Solzhenitsyn o el chino Mo Yan. Me vacuné, leyendo a Rafael Chirbes.

Regreso a Dylan. La Academia le ha reconocido por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición americana de la canción”. 

Respiro hondo, río a carcajadas y sigo escribiendo. La gillipollez del jurado del Nobel es del tamaño del Ártico…

!Manda huevos¡ ¿¡¡Gran tradición de la canción americana!!? ¿No sería más correcto escribir “dentro del rock estadounidense“?

Ustedes disculpen, señoras y señores “nobelistas”, pero para “gran tradición de la canción americana“, ahí están Cuba, Brasil, México, Colombia o Argentina.

A partir de hoy, el creador de “Knockin’ on Heaven’s Door” se codeará en Internet con los señalados Fo, Neruda y García Márquez, pero también codo a codo con George Bernard Shaw, Thomas Mann, Luigi Pirandello, Gabriela Mistral, Ernest Hemingway, Samuel Beckett y Albert Camus.

En mi inocencia, pensaba que una cosa era el Grammy y otra el Nobel, pero ambas medallas se han fundido este año en la “Highway 61 Revisited“.

El premio al genial autor de “Sad Lady of the Lowlands” supondrá un pequeño disgusto para el escritor  Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) padre de las novelas “Hilos de sangre” o “Divorcio en el aire”,  esta última una divertida diatriba contra el matrimonio.

Hace solo unos días, ante la pregunta de: ¿Cuál es el Nobel de Literatura que más le ha decepcionado?, Torné respondía:

Hombre, decepción, decepción… No sé si alguno me ha decepcionado. Para decepcionarme se lo tendrían que dar a Bob Dylan o a Paulo Coelho, algo así“. Pues diste en el clavo, Gonzalo.

Mientras tanto, Leonard Cohen, un POETA con mayúsculas, cantante, músico, pero canadiense y sin haber disfrutado en su larga vida de tanta alharaca mediática, lanzará su última obra.

Cuando hace tres meses le comunicaron que Marianne Ihlen, su primera esposa, musa y entrañable amiga, estaba a punto de morir, Cohen le escribió:

Bien, Marianne, hemos llegado a este tiempo en que somos tan viejos que nuestros cuerpos se caen a pedazos; pienso que te seguiré muy pronto. Que sepas que estoy tan cerca de ti que, si extiendes tu mano, creo que podrás tocar la mía. Ya sabes que siempre te he amado por tu belleza y tu sabiduría pero no necesito extenderme sobre eso ya que tú lo sabes todo. Solo quiero desearte un buen viaje. Adiós, vieja amiga. Todo el amor… Te veré por el camino.

Con esas palabras, Leonard daba a entender que su final también está próximo.

El autor de poemas y músicas tan hermosas como “Bird on The Wire, “Sisters of Mercy”, “Suzanne”, “First We take Manhattan” o “Take This Waltz“, se irá de este mundo sin el premio Nobel.

Pero ello le dignifica aún más.