Representantes de ochenta países se dieron cita en Estambul para encarar el 23º Congreso Mundial de Energía.

Allí coincidieron dos de los líderes más histérica e injustamente vilipendiados por los medios occidentales: Vladimir Putin y Nicolás Maduro, presidentes de Rusia y Venezuela, respectivamente.

Defender la legalidad nacional e internacional, la no injerencia, la paz y la lucha contra todos los terrorismos, trae esas consecuencias.

El congreso, que reunió a ministros, empresarios y analistas, se centró en la denominada gran transición energética, un fenómeno imparable”.

Uno de los puntos clave que se trataron fue el probable estancamiento de la demanda, ante el riesgo de que se agoten las reservas de petróleo.

Por ello, se animó a los gobiernos a facilitar el aumento de la energía solar y eólica, que en 2060 podrían representar un 40 por ciento del consumo total.

Pero el tema más controvertido fue el del continente africano, expoliado desde hace siglos por las potencias occidentales y sumido en unas carencias escandalosas de alimentación, agua y energía eléctrica.

¿Qué soluciones propuso el Congreso para aliviar ese dramático y secular escenario? Solo buenos propósitos.

Putin y Maduro exigieron mayor control sobre algunos de los gobiernos títeres en África, denunciados desde hace decenios por estafa, robo y genocidio, ante la impasibilidad y complicidad de los países que detentaron las colonias, así como ayudas para que esas naciones controlen sus propios recursos energéticos.