El mundo del manglar cubano es aún un lugar desconocido que esconde tesoros y descubrimientos biológicos que sorprenderán al mundo.

El manglar es un paraíso olvidado custodiado por un infierno intransitable de peligrosos cocodrilos, manatíes, reptiles, aves, jutías, laberintos cenagosos y miríadas de mosquitos.

La complejidad de sus criaturas y el equilibrio de sus ecosistemas permanece aún sin que la ciencia haya podido estudiarlos.

Y eso es parte del encanto del manglar cubano: saber que sigue como fue en sus orígenes, impenetrable, solitario, virgen.

Es un mundo tan complejo que apenas sabemos nada de él; y, sin embargo, toda su fuerza y complejidad, toda su biodiversidad y su riqueza, se deben a unas diminutas e intrépidas viajeras que aún hoy, fieles a su espíritu, siguen emprendiendo anónimos viajes y recorren el mar sembrando paraísos.

El éxito colonizador de los manglares se debe por igual a sus extraordinarias adaptaciones para crecer en un medio salobre y ácido, como a su extraordinario método de reproducción.

Cuando se reproducen los mangles desarrollan lo que será el más asombroso medio de expansión de su carga genética; unos colonizadores preparados para viajar largas distancias: sus semillas.

Un mundo de coral rodea el archipiélago cubano. Grandes estructuras coralinas, resultado de milenios de paciente construcción calcárea, levantan los arrecifes que llenan de vida las costas de Cuba.

El arrecife coralino está compuesto por millones de diminutos pólipos filtradores, capaces de convertir la energía solar y los escasos nutrientes del agua en materia orgánica, disponible para el resto de los organismos de la comunidad coralina.

A partir de ellos la cadena se hace cada vez más compleja y millares de formas vivas distintas se desarrollan, desde los frágiles invertebrados hasta los peces más evolucionados y complejos.