Ojeo los informes militares cuando me llama el voluntario Andrey Lysenko. Resulta que él hace lo mismo. “En los informes sale mi familia. Un impacto directo. Voy para allí”, explica.

El distrito de Petrovsky de Donetsk, el poblado Trudovsky. Es el punto más “caliente” de las inmediaciones de la ciudad.

Hay otros, como el aeropuerto, la zona industrial o el puesto de control de Yasinovataya, pero no hay nadie viviendo allí.

Aquí, por el contrario, la localidad sigue estando habitada. Creo que no es preciso decir que no hay un solo edificio que no haya sufrido daños. Esa frase se ha convertido en el distintivo de los territorios de los territorios del frente de Donbass.

El número 40 de la calle Lyotchikov. Ahí reside una familia empobrecida, que ya ha pasado por un infierno y que ha perdido mucho en estos terribles dos años y medio.

Oxana tiene 24 años y dos hijas pequeñas: Nastya, de cuatro años y Sonya, de dos años. Y también a su madre y a su hermano, Andrey, de 16 años, discapacitado desde que era niño.

En el terrible verano de 2014, la casa en la que vivía la familia quedó completamente destruida por un proyectil ucraniano. En el lugar en el que una vez hubo una cómoda y acogedora vivienda ahora solo quedan ruinas.

Oxana recuerda el momento en el que apenas logró escapar: todo ardía y se colapsaba ante sus ojos. Por suerte, aquel catastrófico día ningún miembro de la familia resultó gravemente herido. Pero solo lograron salvar la televisión y algunos efectos personales.

Ardió todo lo demás. La familia no disponía de dinero para abandonar el pueblo en busca de un lugar más seguro. Tampoco tenían otros familiares. Así que tuvieron que instalarse en la cocina exterior situada en su jardín. Sí, sin ningún acondicionamiento. Sí, con frío y con miedo. Pero en su hogar.

Oxana también recuerda ese terrible verano por otro escalofriante suceso. La pequeña Anastasia, que en aquel momento tenía solo dos años, construía castillos de arena.

Un francotirador ucraniano, atrincherado en la colina a unos centenares de metros de la casa, comenzó a jugar con la niña. Las balas impactaron en la arena a apenas un metro de la niña. Nastya se asustó y comenzó a gritar. Oxana corrió en su ayuda.

Sin embargo, el monstruo no permitía que la madre se acercara a su hija y seguía disparando a su alrededor. No quería matarla, solo jugar con ella. Así continuó durante alrededor de media hora.

Durante todo ese tiempo, la niña gritaba y lloraba, un ataque de nervios. Ahora la niña apenas suelta la mano de su madre, a la que se aferra continuamente.

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