Desde que el 17 de diciembre del 2014 los presidentes de Cuba y Estados Unidos anunciaran, de manera simultánea, el restablecimiento de relaciones diplomá­ticas y el inicio del proceso hacia la «normalización» de los vínculos bilaterales, han sido muy disímiles las interpretaciones y análisis so­bre cómo sería esa hipotética «normalización».

UNA VERDADERA NORMALIZACIÓN, ADEMÁS DE COMPRENDER RELACIONES DIPLOMÁTICAS PLENAS ENTRE AMBOS PAÍSES, DEBE MATERIALIZARSE EN LA ELIMINACIÓN DE LA CLÁSICA AGRESIVIDAD Y PREPOTENCIA QUE HA CARACTERIZADO LA POLÍTICA DE ESTADOS UNIDOS HACIA LA CUBA

UNA VERDADERA NORMALIZACIÓN, ADEMÁS DE COMPRENDER RELACIONES DIPLOMÁTICAS PLENAS ENTRE AMBOS PAÍSES, DEBE MATERIALIZARSE EN LA ELIMINACIÓN DE LA CLÁSICA AGRESIVIDAD Y PREPOTENCIA QUE HA CARACTERIZADO LA POLÍTICA DE ESTADOS UNIDOS HACIA LA CUBA

En ese sentido, lo pri­mero que resulta opor­tuno aclarar, es que Cu­ba y Estados Uni­dos jamás han tenido re­laciones normales.

En el siglo XIX, la Mayor de las Antillas era una colonia de Es­paña, imposibilitada por su metrópoli a tener re­laciones de normalidad con el vecino del nor­te.

Por otro lado, desde fecha muy temprana que­dó establecida la esencia de la confrontación Cuba-Estados Uni­dos: hegemonía versus soberanía, raíz fundamental que ha impedido hasta hoy una relación normal.

Los documentos históricos existentes de­muestran que las pretensiones de anexar o do­minar a Cuba estuvieron presentes en los padres fundadores de la nación norteamericana, incluso des­de antes de alcanzada la independencia de las Trece Colonias.

Tampoco es posible hablar de re­laciones normales entre Cuba-Estados Unidos durante la llamada República Neo­co­lonial bur­guesa de 1902 a 1959.

Cuando triunfa la Re­volución Cubana en 1959, es cierto que la administración de Dwight D. Eisen­hower reconoció —no sin cierta reticencia— al nuevo gobierno el 7 de ene­ro, pero al mis­­mo tiempo se trazó como meta evitar la consolidación de la revolución social en Cuba y con esto, que los intereses estadounidenses en la Isla fueran lastimados.

A pesar de que la aprobación formal del Pro­­grama de acción en­cubierta contra el régimen de Castro, ocurrió en marzo de 1960, la decisión del «cambio de ré­gimen» había sido tomada desde el propio año 1959.

Dos altos funcionarios del Departamento de Estado de Es­tados Unidos, el subsecretario para Asuntos Políticos, Li­vingston T.

Mer­chant y el secretario adjunto para Asuntos In­te­ramericanos Roy Ru­bbottom, reconocerían lue­go que desde junio de 1959 se «había llegado a la decisión de que no era posible lograr nuestros objetivos con Castro en el poder», poniéndose en marcha un programa que «el Depar­ta­mento de Estado había elaborado con la CIA» cuyo propósito era «ajustar todas nuestras acciones de tal manera que se acelerara el desarrollo de una oposición en Cuba que produjera un cambio en el Go­bierno cubano resultante en un nuevo Gobierno favorable a los intereses de EE.UU.».

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