Los furibundos ataques contra Donald Trump, reflejados en cientos de manifestaciones habidas en varias ciudades de los EEUU, animan a los periodistas españoles a vengarse de su fracaso como tales, por la “inesperada” victoria del millonario.

SUPUESTOS PROFESIONALES DEL PERIODISMO COMO ESTOS/AS Y MUCHOS/AS MÁS, NO SUPIERON DETECTAR QUE EL PUEBLO ESTADOUNIDENSE REACCIONARIA CONTRA CLINTON ANTE LA DEBACLE QUE SUPUSO OBAMA

SUPUESTOS PROFESIONALES DEL PERIODISMO COMO ESTOS/AS Y MUCHOS/AS MÁS, NO SUPIERON DETECTAR QUE EL PUEBLO ESTADOUNIDENSE REACCIONARIA CONTRA CLINTON ANTE LA DEBACLE QUE SUPUSO OBAMA

Tras el éxito que no supieron detectar, cientos de informadores y corresponsales juegan a ser más demócratas que Platón, despreciando a los votantes de Trump, cabreados y frustrados por el resultado de los comicios y exagerando los presuntos temores que existen entre los millones de latinos que viven en EEUU, ante su incierto futuro.

La rabia ante su estruendoso fracaso como “analistas”, les lleva a esa furia infantil, uterina y cojoncil.

Lo curioso es que esos periodistas no hablan de los trabajadores del campo, de los ganaderos, de los granjeros, cowboys, mineros y agricultores, que han votado contra las mentiras e incumplimiento de promesas que durante ocho años mostró el primer presidente negro.

Para esos medios, los votantes de las comunidades rurales no deben ser tenidos en cuenta. Son la hez del imperio.

La supuesta “fractura” en la sociedad estadounidense a la que aluden con ceño y verbo fruncido, es la misma que existe en Francia entre los socialistas light de Hollande y la derecha de Marine Le Pen, por cierto, más izquierdista que el actual presidente francés; idéntica a la brecha entre los partidarios de Rajoy y PSOEDEMOS y muy similar a la que separa a laboristas y conservadores en el Reino Unido.

El esperpento del periodismo español tiene una obligación: interpretar el papel de fiel profesional de la corrección política, frente a las desafortunadas frases pronunciadas por Donald Trump acerca de las comunidades hispanas y las mujeres, cuando resulta palmario que en Europa millones de anónimos Trumps ríen complacidos ante tales denuestos, pero callan y miran de reojo a su alrededor.

Ese periodismo, mendaz y torticero, no “recuerda” los dos millones de deportados que hubo hasta 2012 bajo el mandato de Obama.

Esos medios no “quieren saber nada” de las ocho víctimas mortales, de color negro, que se producen diariamente bajo las balas de la policía de Obama.

Esas plataformas “informativas” olvidan voluntariamente los golpes de estado en Honduras, Paraguay, Brasil o Ucrania, perpetrados bajo la presidencia de Obama.

Ese “perrodismo” mira hacia otro lado, cuando se demuestran las conexiones entre el ISIS y el Pentágono, Hillary y Al Qaeda, Obama y Al Nusra.

Contra todos ellos se han levantado también millones de personas, rechazando el voto por Hillary Clinton y optando por Donald Trump como mal menor. Se alzan contra la impostura, la corrupción, los crímenes de la policía, las invasiones y las guerras calientes y frías.

Contra una psicópata que despreciaba a la comunidad afroamericana y pedía que “les metieran en el talego” alegando que “han nacido para el delito“.

Contra una alcohólica, mentirosa compulsiva y sádica, que celebró sonriente el asesinato de Bin Laden y el espantoso linchamiento de Muammar Gaddafi.

Por eso y por muchas cosas más, EEUU bien merece que su historia la escriba también ese personaje machista, pero enemigo de las guerras, xenófobo y vocinglero, pero inequívocamente estadounidense.

La cantante Cher dijo que si ganaba Trump, ella huiría a Australia. Buen viaje, señora. Clint Eastwood se queda y Carlos Boyero lo celebra.