El aspecto más importante del acuerdo firmado esta semana en Moscú entre Rusia, Irán y Turquía, sobre una posible resolución del conflicto en Siria, al menos a la espera de ver cómo funciona, destaca sin duda por la exclusión de los EE.UU. en dichas negociaciones.

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Otro detalle considerable es que el anuncio de un plan conjunto por los respectivos ministros de Asuntos Exteriores, reunidos en la capital rusa, no se verá entorpecido ni retrasado por la reciente masacre en Estambul o por el asesinato del embajador de Moscú en Turquía, Andrei Karlov, a manos de un agente de la policía otomana.

En lo que se ha denominado como la “Declaración de Moscú”, los representantes de las tres administraciones implicadas han afirmado estar dispuestos a actuar como “garantes” de un acuerdo de paz entre Damasco y la oposición no armada.

Los principales puntos del acuerdo se refieren a la aplicación del alto el fuego, ya aprobado por unanimidad en el Consejo de Seguridad de la ONU, así como la preservación de la integridad territorial de Siria.

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No obstante, continúa la lucha contra el Estado Islámico (ISIS / Daesh), contra la rama de Al Qaeda, contra el llamado Frente de Fatah al-Sham (ex Frente Al-Nusra) y otros grupos fundamentalistas, mientras se ultiman los detalles para la ronda de conversaciones entre Rusia, Irán y Turquía, que tendrán lugar en Astaná (Kazajistán), con la presencia de un amplio sector de los partidos opositores al gobierno de Al Assad.

El objetivo de dicha convocatoria es definir, con rigor y precisión, la base de una resolución del conflicto e iniciar un proceso político en términos que velen por los intereses del pueblo sirio. Una iniciativa que parece diametralmente opuesta a las que se llevaron a cabo en Ginebra, apadrinadas por la Casa Blanca, bajo supervisión de la ONU.

Con la sorna habitual del canciller ruso, Sergei Lavrov, éste ironizaba sobre los fracasos de todas las reuniones patrocinadas por Estados Unidos y sus socios europeos, ninguno de los cuales tenía “una influencia real sobre la situación sobre el terreno.

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La marginación de Washington de la convocatoria de Astana es aún más significativa, dado que, de acuerdo con el nuevo formato de las futuras negociaciones iniciadas en Moscú, participarán los grupos opositores sirios no violentos.

Según la prensa rusa, el embajador Karlov había establecido contactos con un sector de la oposición siria, probablemente gracias a la mediación del gobierno turco, para promover las negociaciones de paz celebradas en Moscú los últimos de 2016.

El asesinato del legado, por tanto, estaría directamente relacionado con el desarrollo de la crisis en Siria y la mejora en las relaciones entre Rusia y Turquía. Este crimen, sin embargo, parece haber tenido el efecto contrario al deseado por sus instigadores.

Si la posición de Erdogan hacia Putin, sin duda se ha vuelto más amable, los dos gobiernos han logrado coincidir en la misma onda, acerca de las responsabilidades que deben exigirse como consecuencia de esa tragedia.

Las relaciones entre Turquía y Rusia continuarán fortaleciéndose, aunque de forma paralela al enfriamiento registrado entre los países más poderosos de Europa y los EE.UU..

En este sentido, fueron muy significativas las declaraciones de los funcionarios del gobierno turco sobre la situación en Alepo, donde Ankara ha jugado un papel crucial para la evacuación de los “rebeldes” que, rodeados por el ejército sirio en los distritos orientales de Damasco, tuvieron que deponer las armas.

Turquía, que en el pasado reciente adoptó el papel de patrocinador de la oposición armada al gobierno de Assad, ha llegado a situarse en el lado opuesto, colaborando con Rusia, Irán y Hezbollah para lograr la liberación de Alepo.

Se trata, por otra parte, de la consecuencia lógica de la realineación estratégica decidida por Erdogan, después del gravísimo incidente (Noviembre de 2015), que costó la vida a dos pilotos rusos que combatían en Siria.

En los meses que siguieron a este crimen de guerra, el presidente turco ofreció una disculpa oficial, seguida por una serie de iniciativas que han incrementado el malestar de los socios occidentales de Ankara: la cooperación con Moscú en la esfera militar, afectará al gasoducto ruso.

La noticia del acuerdo en Moscú, tras la derrota de los “rebeldes” en Alepo, ha debilitado la posición de Estados Unidos en Siria y ,en general, en Oriente Medio.

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Todo lo que Lavrov concedió a Washington fue una llamada telefónica a John Kerry, para informarle de los resultados de la cumbre en la capital rusa, después de que se decidiera la estrategia a seguir para acabar con el terrorismo en aquella región.

Al reconocimiento de que Assad podría permanecer en su lugar durante mucho tiempo, se le añaden las acusaciones mediáticas contra Obama por no haber tenido el valor de tomar iniciativas más eficaces, destinadas a derrocar al gobierno de Damasco.

En 2017, los EE.UU. han adquirido un rol de mero espectador en el conflicto, mientras que el destino de Siria parece estar decidido entre Moscú, Teherán y Ankara.

De hecho, el rotundo fracaso estadounidense en Siria se deriva directamente de una deliberada y lamentable decisión para fomentar un levantamiento popular, diseñado en gran medida en torno a una mesa y sobre la base de las formaciones con tendencias criminales en lo humano y fundamentalistas en lo espiritual.

La creación de grupos armados y la aplicación de una agenda extremista y sectaria en las zonas arrancadas del control del gobierno, han dado lugar a la actual situación política y militar, pese al apoyo financiero y armamentístico de Washington y las dictaduras del Golfo a todos los colectivos terroristas.

El proyecto estadounidense para Siria, debido a su propia naturaleza, ha terminado siendo víctima de sus propias contradicciones. Los llamados “opositores moderados” acabaron uniéndose a los mercenarios reclutados y financiados desde Arabia Saudita.

El optimismo que reina en las nuevas relaciones rusas con Ankara y, aún más, el fortalecimiento continuo de la posición de Rusia en el Medio Oriente, crispan al Pentágono y a las agencias de espionaje de EEUU, pero no interfieren los planes del presidente electo, Donald Trump, diametralmente opuesto a Obama en todas las líneas políticas y económicas.

Un leve resplandor parece brotar en los cielos de Damasco, Idlib, Palmira, Raqqa, Alepo… Podría ser el de un nuevo día sin el hedor de la muerte y la destrucción.

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