La batalla política en Podemos concluye de momento. El origen de tal enfrentamiento no se debió a la batalla de ideas o posiciones, sino a su inequívoco carácter de clase. Este enfrentamiento es, a su vez, una forma específica de la división de la izquierda política.

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Así, Errejón representaba a buena parte del aparato del partido puesto por su equipo, aquellos que a nivel local y central ya ocupaban cargos en la administración del Estado y que, por consiguiente, eran partidarios de asimilarse lo más rápido posible a las instituciones así como a los partidos de orden.

Por otra parte, el sector de “Iglesias” representaba a los incondicionales de secretario general, de objetivos más a largo plazo.

De este modo, es la guerra por los sillones la que determina en última instancia la diferencia de ideas y por ende la división.

Al verse aislado de una buena parte del aparato del partido, Iglesias adoptó una postura de “acercamiento” a las bases, aunque el programa así como la línea política sean las mismas. Es un cambio de forma.

Recordemos la moderación sufrida durante las elecciones por Podemos y por el propio Secretario. Proceso similar al de Pedro Sánchez, el cual no es más de “izquierdas” que Susana Díaz. Simplemente, al verse sin aliados decide tornarse más cercano “a las masas” por el puro interés del cálculo personal.

Vemos entonces como la posición del partido viene determinada por sus intereses particulares. Pero dichos intereses vienen determinados por su posición dentro de la sociedad en la que viven, y dentro de la posición en cuanto a las relaciones productivas.

Así pues, su comportamiento vendrá definido por el carácter de clase dominante en Podemos.

Siendo así, Podemos se comporta y es un partido de la pequeña burguesía, de la aristocracia obrera. Esta clase, históricamente, ha buscado una posición privilegiada dentro del Estado, puesto que a pesar de tener un status mayor que el de un trabajador, no posee medios de producción ni capital.

En este sentido, dependen más del sistema que un capitalista, pues necesitan de él para no verse arrastrados social y económicamente a las clases “medias” o “bajas”.

Esta dependencia hace que necesariamente tengan que defender un “capitalismo de rostro humano”, es decir, un capitalismo donde las clases “no existan” o quedan amortiguadas.

Donde coexistan plutócratas y masas explotadas. Algo similar a soñar con un sistema esclavista donde el amo y el esclavo cohabiten.

Esta visión del mundo refleja, si le damos la vuelta, su propia posición de clase, es decir, una posición intermedia entre el pueblo y la oligarquía económica.

De ahí que en su forma política más desarrollada no sean ni de izquierdas ni de derechas, reflejando una vez más su posición social entre dos grandes clases.

Claro, esta diferencia puede estar simplemente en sus cabezas en cuanto a lo económico se refiere. Según Marx, que analiza brillantemente el comportamiento de la pequeña burguesía en El 18 Brumario de Luis Bonaparte:

“Lo que les hace representantes del pequeño burgués es que, mentalmente, no transcienden las fronteras que enmarcan la vida de aquél; que, por tanto, se ven teóricamente empujados a las mismas cuestiones y soluciones a las que, en la práctica […] empujan a aquél”.

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