Las crónicas de la serie “Que no quiero verla”, tres en total, las escribí luego de presenciar —por única vez— una corrida de toros en la plaza madrileña de Las Ventas, y Cubarte las publicó los días 14, 19 y 21 de julio de 2006.

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La última brotó en respuesta a uno de los editores de entonces del Portal, quien, al parecer, hasta patronímicamente se sentía convocado a rendirle tributo a lo que, con perspectiva eurocéntrica, se ha llamado el “Descubrimiento” de América, una empresa que en sus inicios encabezó el audaz y ambicioso Cristóbal Colón.

No es preciso extenderse ahora acerca de este, y lo fundamental de lo que pienso sobre él y sobre aquella empresa, y sus devotos, lo dije en otro texto aparecido en Cubarte: “A propósito de Cristóbal Colón visto por José Martí”.

Pero procede hacer al menos un breve comentario que explique la mención de aquel editor más de una década después de los hechos narrados.

Desde que envié al Portal la primera crónica de la serie, empezó él a refutarla con una apasionada defensa de las tradiciones hispánicas, en especial de la tauromaquia.

Las oponía a las anglosajonas, que decía rechazar y veía representadas en el juego de pelota y calzadas por la hipócrita leyenda negra que los conquistadores británicos y sus hijos putativos urdieron y lanzaron contra España.

No lo hicieron limpiamente, para de veras condenar crímenes, pues ellos los igualaban o superaban, sino para autoensalzarse y legitimar lo que hacían en pos de dominar el mundo.

Si las expresiones se acuñan con base, algo de cierto habrá —sin que sea pertinente aceptar generalizaciones injustas— en aquello de “la pérfida Albión”, aplicable asimismo a sus herederos o continuadores, en especial, pero no solamente, los de la América del Norte.

La última crónica de “Que no quiero verla”, pues, estuvo enfilada a poner en su sitio al vehemente hispanófilo que rendía culto a la que Martí, ejemplar luchador anticolonialista a la vez que heraldo de las noblezas del pueblo español —las verdaderas, no las máscaras de la aristocracia y la monarquía—, llamaba “España filicida”.

Al escribir esa parte de la serie, el autor desconocía un juicio de Fidel Castro contra las corridas de toros que le habría servido de apoyo en su argumentación. Aunque son una tradición con múltiples e ilustres defensores, el líder revolucionario disfrutaba que en su país habían sido abolidas.

Pero pronto fue innecesario volver sobre la respuesta al enardecido colombino: este, aún fresca la publicación de la trilogía, ya se había ido a rendir tributo factual a lo dominante anglosajón.

No lo hizo precisamente en un país caribeño de habla inglesa, ni en los guetos sudafricanos que sufrieron —¿no sufren aún las secuelas?— la crueldad de la colonización británica, apartheid incluido, sino “en las entrañas del monstruo” denunciado por Martí.

En estos días he buscado en la red aquel juicio de Fidel Castro, y no hallé enlace alguno que remita al sitio español contra la tortura en el cual lo leí tras publicarse las crónicas citadas.

Tal ausencia la suple una información que me facilitó el colega Carlos Benet. Figura en el sitio http://www.eroj.org/entero01/item19.htm, donde la informática propiciará localizarla de modo más expedito que en la fuente impresa:

“Según lo recoge en su libro The Cuban Revolution [Londres, 1971] el historiador Hugh Thomas […], el presidente Fidel Castro Ruz sostuvo en una ocasión que las corridas de toros no podrían celebrarse en Cuba porque el pueblo cubano es bondadoso y se sublevaría contra quienes quisieran organizarlas. No es, pues, el Mahatma Gandhi el único antimperialista de nuestro siglo que ha sostenido que el progreso moral de un pueblo se mide por cómo trata a los animales no humanos”.

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Origen: Naturaleza y cultura: la animalidad y lo humano

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