El 25 de marzo de 1957, comenzaba a gestarse la idea surgida en Washington tras el final de la II Guerra Mundial, para construir un entramado empresarial y financiero que se firmaría en Roma bajo las siglas CEE, Comunidad Económica Europea, que iría acompañada de otro organismo controlado desde el Pentágono (a través de la OTAN) como era la Comunidad de la Energía Atómica (EURATOM).

Los firmantes de aquel acuerdo fueron Christian Pineau por Francia, Joseph Luns por Holanda, Paul Henri Spaak por Bélgica, Joseph Bech por Luxemburgo, Antonio Segni por Italia y Konrad Adenauer por la República Federal de Alemania.

La ratificación del Tratado de Roma por los Parlamentos de “los Seis” tuvo lugar en los meses siguientes y entraría en vigor el 1 de enero de 1958.

Desde entonces, los fracasos económicos fueron notables y la emigración desde los países del sur de Europa (Portugal, España y Grecia) hacia el resto del continente era millonaria.

La crisis financiera, que originó lógicamente otros bretes tan básicos como el de la deuda soberana, dejó bien claro que la zona euro no constituye un área monetaria sólida y que las instituciones actuales no son aptas para afrontar las consecuencias, no solo de aquel 2008 (la quiebra del Banco Lehman Brothers), sino de todos los desajustes que vivimos en 2017.

La inestabilidad financiera ha afectado a la catástrofe de las cuentas públicas, mientras crece el número de millonarios y aumenta el de las personas sumidas en una pobreza impensable a comienzos del siglo XXI.

La Unión Europea ha servido para originar desequilibrios externos en los países de “segunda velocidad” (Grecia, España y Portugal, nuevamente), cuyas consecuencias se plasman en un paro espectacular, unos sueldos miserables y unas pensiones prácticamente congeladas, cuyo futuro se augura con escasas posibilidades de mejora.

60 años después, la Unión Europea ha venido demostrando su dependencia absoluta del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y de Wall Street, su ineficacia social, cultural y política, encarnada en la bendición, apoyo y financiamiento a los golpes de estado, rebeliones, injerencias, invasiones y guerras artificiales en los cinco continentes, siempre y cuando esos acontecimientos convinieran a los intereses del FMI, la Reserva Federal estadounidense y el Pentágono.

Los únicos que celebran este 60º aniversario son los mismos que hoy se sientan en el banquillo por múltiples estafas y delitos, ya sean líderes políticos, banqueros u otros miembros de la Mafia internacional de la evasión y la usura.

Y lo celebran, porque saben que los jueces jamás les
condenarán por sus crímenes.

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