Si continúa así, más pronto que tarde la Organización de los Estados Americanos (OEA) habrá desaparecido. Gracias, Almagro, por lograr lo que no consiguieron tantas iniciativas progresistas.

HOY “DIRIGE” LA O.E.A. LUÍS ALMAGRO, AHIJADO DE LUIS ALBERTO LACALLE, QUE FUE CÓMPLICE DE LA DICTADURA MILITAR Y PRESIDENTE DE URUGUAY DURANTE LOS AÑOS 1990-1995

Será justo y necesario hacerle un busto al lado de Bolívar en agradecimiento por conseguir que este espacio tutelado desde el Norte deje de estar presente en el Sur.

En algo menos de dos años como secretario general, Almagro habrá hecho Historia en el sentido más negativo del término. Gracias, Almagro.

En lo que llevamos de siglo XXI, la OEA no ha sido capaz de asimilar que América Latina está inmersa en un cambio de época.

Este término no es simplemente un constructo teórico; es mucho más, porque tiene efectos prácticos en la manera de proceder de algunos países en su política exterior.

Algunos países de América latina dejaron de creer que la OEA deba ser un espacio de imposición ni sumisión. Particularmente, el trio constituyente (Venezuela-Bolivia- Ecuador) se revela ante el vecino del Norte sin ningún tipo de miedo ni cortapisas porque cree que los espacios multilaterales de época son otros (Celac, Unasur, Alba, Petrocaribe).

Sin embargo, el Señor Almagró no entendió nada y se pasó de frenada. Venezuela fue casi siempre su verdadera piedra en el zapato.

A Almagro le traicionaron sus enormes y apresuradas ganas de ir contra la Revolución Bolivariana. Pero, al final de cuentas, le está saliendo el tiro por la culata; está siendo mucho peor el remedio que la enfermedad.

Después de mucho insistir, Almagro jamás pudo activar la carta anti democrática contra Venezuela. Lo intentó de múltiples maneras, e incluso lo afirmó sin haberse producido.

Llegó, además, hasta el punto de saltarse por los aires sus propias reglas de funcionamiento cuando, a inicios de abril, no permitió que Bolivia dirigiera -tal como le correspondía como Presidente pro tempore- la sesión del consejo permanente.

Hizo lo imposible para intervenir en Venezuela más de lo que le compete. Pero no lo consiguió. Fue más un deseo que una realidad.

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